viernes, 20 de diciembre de 2013

ELVIS ¿REY DEL ROCK?

Un músico callejero tocaba esta mañana con su clarinete un popular villancico. Y con gran habilidad y maestría enlazó ese tema navideño con un trepidante y primitivo rock and roll, de aquellos que empezaron a sonar a finales de los 50 y principios de los 60.

Elvis Presley

Elvis Aaron Presley (1935-1977). Si acudimos a la Wikipedia, dentro de su ficha y en el apartado “Otros nombres” aparece: “El Rey del rock and roll” o simplemente “El Rey”.

A estas alturas, treinta y seis años después de su muerte, no sé de nadie que cuestione este título. Y parece algo irrefutable si nos atenemos a ciertos datos:
Récord de más canciones en el top 40 y en el top 100 de Billboard; mayor número de éxitos en el top 10 y mayor número de discos sencillos en el puesto número uno en Estados Unidos; récord de éxitos número uno también en las listas británicas…

Pero revisemos algo más que números. ¿Qué cantaba Elvis Presley? ¿Componía sus canciones? ¿Qué influencia ha tenido su música en el devenir del rock and roll?

Si repasamos sus canciones y buscamos definiciones que se han dado sobre él comprobamos que era un gran baladista, intérprete de música góspel, cantante pop en sus últimos años y sí, un puñado de canciones que podrían encuadrarse en ese género que surgió a finales de los años 50 bajo el epígrafe de rock and roll.

Si leemos la carátula de uno de sus discos recopilatorios, “50 grandes éxitos”, comprobamos que solo intervino como coautor en la composición de tres de ellos. E incluso se duda de que esa participación fuese activa. Así que intérprete sí, compositor no.

Si comprobamos las declaraciones de músicos con cierto peso en la historia reciente de la música popular y del rock (Lou Reed, miembros de The Beatles, The Rolling Stones, Deep Purple, Led Zeppelin…) ninguno de ellos reconoce deudas musicales con la figura de Elvis Presley. Y sin embargo casi todos citan a otro músico como uno de los pioneros fundamentales del rock and roll: Little Richard.

Empiezan a surgir ciertas dudas entonces. ¿Y quién era este tipo?
Es, porque acaba de cumplir 81 años. Nació tres años antes que Elvis, en 1932. Y si entonamos aquello de "Tutti frutti, all rooty, a-wop-bop-a-loon-bop-a-boom-bam-boom" probablemente nos empiece a sonar de algo. Sesenta años de carrera musical, con sus idas y venidas, con composiciones propias, con el reconocimiento de los grandes de la música. Pero él simplemente se definía como un “arquitecto del rock and roll”, porque sabía que el título de Rey ya se había asignado.

Entre las primeras interpretaciones de Elvis aparecen algunas versiones de canciones compuestas por Little Richard. Curioso. Y el propio Elvis apuntó en una entrevista hacia otros músicos (Fats Domino, Chuck Berry, el propio Little Richard) como los auténticos reyes del rock and roll. ¿Qué tenían en común Little Richard, Chuck Berry y Fats Domino? Eran, son, negros. ¿Qué se apunta en las primeras líneas de la biografía de Little Richard? Sus “escarceos” homosexuales.

No cabe duda de que Elvis fue comercializado como un icono de la heterosexualidad, a través de su puesta en escena tanto en sus conciertos como en sus mediocres (por no decir malas) películas. Y en cuanto al color de la piel, estas declaraciones de Sam Philips merecen toda la atención: “Si pudiera encontrar a un blanco que tuviera un sonido negro y un sentimiento negro, podría hacer mil millones de dólares.” Pero ¡no se vayan, que aún hay más! Cuando años después Philips ya ejercía como su productor, en una entrevista en directo le preguntó a Elvis a qué escuela secundaria había asistido, con el fin de definir su color de piel, ya que muchos oyentes de radio habían asumido que era negro (la televisión todavía estaba dando sus primeros pasos y no llegaba a muchos hogares).

Algunos no fueron capaces de digerir el hecho de que Presley, cuya forma de hablar y su estilo musical y visual le debía mucho a la cultura afroamericana, lograra el reconocimiento y el éxito comercial que se le negó en gran medida a sus compañeros negros. Así, los raperos Public Enemy cantaban en 1989:

“Elvis fue un héroe para la mayoría,
pero nunca significó ni mierda para mí.
Fue un racista recto ese mamón,
simple y llano.”

Pero volviendo a Little Richard, él lo veía con otra perspectiva. Y dijo de Presley: “Fue un integrador. Elvis fue una bendición. No dejaban pasar la música negra, pero él abrió la puerta para la música negra.” Nada de rencores.

Little Richard

Para dilucidar finalmente quién merece el título de rey del rock and roll nada mejor que este vídeo que, por otra parte, ofrece a través de su “blanco y negro” una visión muy gráfica de cómo estaban las cosas en Estados Unidos aquellos años, musical y socialmente hablando, en lo que al color de la piel se refiere.  

Que cada uno saque sus propias conclusiones. O no.



domingo, 8 de diciembre de 2013

RECORRIDO MONTES DE HIERRO. TRAMO 1 (07/12/2013)

Al segundo intento el tiempo acompañó. Un recorrido suave de 16 km. que para unos fue perfecto y a otros les supo a poco. La próxima primavera, más y mejor.

1. Arrancando motores

2. Poesía en el km. 6

3. Río Kolitza

4. Pasarela sobre el río

5. La hora del bocata…

6. …Y de postre un polvorón. ¡Hace falta valor!

 
7. El burro encartado…

8. …Y su primo

9. Verdes praderas

10. Mirando a los buitres, tomando el sol

11. Entrando al túnel ¡Cómo venga el tren!

12. Restos de una antigua ferrería

13. Camino de vuelta

14. El otoño en todo su esplendor

15. Junto a la vagoneta minera

16. Los 9 pies


17. A punto de dar cuenta del cocido montañés, después de unas cervezas cántabras artesanas

domingo, 1 de diciembre de 2013

NAVEGANTES POLINESIOS

Recientemente he hablado en este blog de Bernard Moitessier, el gran navegante que creció y se formó en su juventud en los mares del Pacífico, a donde regresó para vivir hasta el final de su vida, tras renunciar a ganar la regata vuelta al mundo en 1968.

Por otro lado, en su primer viaje de exploración del Pacífico el capitán James Cook contó con los servicios de un navegante polinesio, Tupaia, quien dibujó un mapa de las islas que rodeaban su tierra natal, Ra’iatea, en un radio de 3.600 km.

El “triángulo” de la Polinesia


Ante estos datos es evidente que los polinesios “algo sabían” en esto de surcar los mares. Sin embargo, si acudimos a cualquier historia o revisión de la navegación nos encontramos con las hazañas de portugueses, españoles, británicos, holandeses y, retrocediendo en el tiempo, vikingos, fenicios, egipcios, chinos… Ni una referencia, ni una mínima alusión al pueblo polinesio. Quizás su aislamiento geográfico en la inmensidad del Pacífico sea la causa.

Recientes descubrimientos, tanto en el campo de la arqueología como de la antropología, complementados con la tecnología del análisis del ADN, han venido a demostrar que el pueblo polinesio era viajero y que, mil años antes de la época de los grandes descubrimientos, ya realizaban extraordinarias travesías de más de 2.500 kilómetros entre islas, por los mares del Pacífico.

Embarcación polinesia

Pero lo más sorprendente es, por un lado, el tipo de embarcaciones que utilizaban. Canoas de dos cascos de diversos tamaños y equipadas con velas, pero simples canoas al fin y al cabo. Y por otro lado, sus métodos de navegación, de orientación en esos inmensos mares. Conocían perfectamente la bóveda celeste y a través de la posición de apenas 150 estrellas, que observaban sin ningún tipo de aparato, eran capaces de mantener un rumbo determinado. A este método de navegación astronómica, del que posteriormente todos los navegantes se han servido a través de instrumentos como el sextante, los polinesios añadían otros bastante más peculiares: la dirección de las olas, los avistamientos de aves, la forma de las nubes, los reflejos de éstas en el agua, la percepción de las corrientes… Incluso eran capaces de realizar una “carta náutica” llamada “carta de palos”, hecha de bambú y en la que mediante nudos y conchas señalaban la posición de las islas, la dirección del viento, de las corrientes y la forma de las olas. Y todos estos conocimientos se iban traspasando de padres a hijos a través de la tradición oral, en forma de canciones.

“Carta de palos”

Hoy encendemos el GPS y nos quedamos tan tranquilos. Pero si algún día los satélites se rebelan y se niegan a indicarnos nuestra posición, ¿seremos capaces de volver a mirar al cielo, a las nubes, a las olas? Al fin y al cabo son estos elementos de la naturaleza los que nos permiten avanzar en la navegación a vela, la auténtica navegación. No los desdeñemos.

No sé si alguna vez llegaré a navegar en esos mares, que para los polinesios eran su nación, su continente acuático. ¿Por qué no? De momento me conformo con mirar de vez en cuando al cielo y observar si las estrellas tintinean: señal de que se acerca mal tiempo, según lo que aprendió Moitessier de sus maestros. Por algo se empieza.  

jueves, 21 de noviembre de 2013

NO SE TOCA

”Pilar, hija, no se tocan los libros, que están usados y a saber por qué manos habrán pasado.”

Con buen criterio, la hija es advertida del grave peligro que puede suponer para su integridad andar manoseando esos libros viejos, sin plástico protector retractilado, amontonados en estanterías y mesas de dudosa higiene.
Higiene mental presente, sin embargo, en esa madre o ese padre lúcido, atento a las evoluciones de su hija aún inmadura, desconocedora de las amenazas ocultas en las páginas de un libro de segunda mano.
Imagino su casa sin libros. O con libros que se han leído solo una vez y a continuación se envuelven y se sellan para que no vuelvan a ser tocados porque, claro, ya se han convertido en libros usados. O con libros que aún no se han leído ni se leerán nunca. Las opciones son amplias.

E imagino también que estos padres protectores aplicarán el mismo criterio en otras situaciones similares de peligro inminente para su retoño:

En clase de música: “Pilar, hija, no se toca ese piano, que está usado y a saber por qué manos habrá pasado.” (La niña acaba… haciendo canto).

En el parque: “Pilar, hija, no se toca esa pelota, que está usada y a saber por qué manos habrá pasado.” (La niña acaba… jugando a las adivinanzas).

En la salida al monte: “Pilar, hija, no se toca esa cantimplora, que está usada y a saber por qué manos habrá pasado.” (La niña acaba…muerta de sed).


“Pilar, hija, no te toques ¡por Dios!

Escaparate de una tienda de libros de segunda mano

martes, 12 de noviembre de 2013

SALIDA AL MONTE (5): VÍA VERDE “MONTES DE HIERRO” TRAMO 1

¡APLAZADA! (Debido al mal tiempo). Próxima convocatoria: Sábado 7 de Diciembre.

La Vía Verde de los Montes de Hierro (Burdinmendi), completada recientemente con el tramo entre Sopuerta y Artzentales, se desarrolla en el corazón de la comarca nordeste de Las Encartaciones, reutilizando el trazado de los antiguos ferrocarriles mineros que trasladaban el mineral de hierro a lo largo de casi 30 kilómetros. Esta Vía Verde, unida a través del bidegorri de Gallarta a la ruta costera Itsaslur (Covarón-Pobeña), conforma un circuito global de más de 42 kilómetros.

En esta ocasión el recorrido otoñal, previsto para el sábado 23 de Noviembre, va a discurrir por su primer tramo, que arranca junto a la estación de tren de FEVE del barrio de Traslaviña, en el municipio de Artzentales. Durante al trayecto, paralelo a las aguas del río Kolitza, cruzaremos dos túneles y una pasarela de madera sobre el río, veremos los restos de una antigua fandería o molino, de una ferrería y de un viejo cargadero de mineral. Y asomarán los espectaculares riscos que acogen al alimoche, un ave singular en peligro de extinción. El recorrido finalizará en el barrio de El Castaño, cerca del complejo de la Mina Catalina.

En futuras salidas iremos completando el resto de tramos de esta Vía Verde.

Situación

Recorrido

Vía Verde “Montes de Hierro”. Tramo 1.

En cuanto al grado de dificultad, al discurrir por antiguos trazados de ferrocarril, se trata de un recorrido cómodo, sensiblemente horizontal, y con buen firme, sin dificultades. Adecuado incluso para realizarlo en bicicleta. Así que a todos los que os apetezca disfrutar de esta ruta os animo a que os acerquéis a Islares, punto de encuentro. Desde ahí nos desplazaremos hasta el barrio de Traslaviña en Artzentales, donde iniciaremos el recorrido. Al terminar, y para no perder las buenas costumbres, habrá viandas para reponer fuerzas.

Datos técnicos

-       Fecha de salida: Sábado 23 de Noviembre, a las 9.00 h.
-       Lugar de salida: Urbanización El Oasis, Islares (junto a la gasolinera), Castro Urdiales. Desplazamiento en vehículo hasta Traslaviña (30 km.).
-       Desnivel: 120 metros.
-       Recorrido: 16 kilómetros aprox.
-       Duración: 4 horas (ida y vuelta).

lunes, 28 de octubre de 2013

UN DÍA SIN LOU REED

Leo en una crónica tras su fallecimiento que la importancia que una persona o personaje tiene para nosotros es directamente proporcional a la incredulidad que nos asalta al conocer la noticia de su desaparición. Yo añadiría que, en mi caso, y hablando de músicos, esa importancia es directamente proporcional a la dificultad para seleccionar una canción que ilustre o resuma de forma sonora su trayectoria.

En esa tarea andaba, escuchando sus discos, algo nada original por otra parte dadas las circunstancias. Y escuchando de nuevo sus canciones he tomado conciencia de que me han acompañado a lo largo de toda mi vida. Y recuerdo con especial nitidez dos momentos.
El primero, la única vez que he asistido a un concierto suyo, en Bilbao, hace aproximadamente doce años (lo de recordar fechas no es mi fuerte). Presentaba su nuevo disco, “Ecstasy”, y fue una actuación potente, muy guitarrera y sin concesiones a sus grandes éxitos pasados. Solo pudimos intuir una versión casi irreconocible del “Perfect day”.
El segundo, en medio del Atlántico, tumbados en la cubierta del Nui, mirando las estrellas, escuchando un disco suyo a todo volumen, sintiéndonos los reyes del universo.

Cascarrabias, antipático, maniático, macarra, bipolar… Hizo grandes canciones que podemos seguir escuchando. Ese es su legado. Buen viaje, Lou.


jueves, 17 de octubre de 2013

CONFESIONES

Acababa de internarme en las primeras estribaciones del pirineo oscense. Había sido una jornada agotadora, más larga de lo previsto y con alguna que otra molestia física, a lomos de mi cabalgadura de dos ruedas. Así que decidí darme un pequeño homenaje y sustituir el habitual bocadillo vespertino por una cena de mesa y mantel.

No había mucha gente en el restaurante, apenas tres o cuatro mesas ocupadas. Recuerdo que como aperitivo tomé un refrescante gazpacho con jamón o panceta crujiente. Y ya no recuerdo más del resto del menú. La culpa de mi falta de memoria probablemente estuvo en la mesa que tenía frente a mí. Una pareja (matrimonio supuse yo) de avanzada edad, en torno a los ochenta, parecía disfrutar de una agradable velada. Veía perfectamente al hombre, que parecía alto y de buena planta a pesar de estar sentado. Un bonito pelo ondulado, ya canoso, y un poblado bigote. La mujer, sin embargo, me daba prácticamente la espalda. De pelo moreno y de cuerpo menudo, a veces conseguía intuir el perfil de su rostro.

El hombre hablaba continuamente, de forma pausada. Y sus maneras eran elegantes y con una atención constante hacia su pareja. A ella no la podía escuchar por la posición que ocupaba. Él seguía hablando y deshaciéndose en atenciones: le servía un poco de vino, le retiraba el pelo de su cara, le acercaba la servilleta. Hombre galante y caballeroso, pensé. No pude resistir más y, con la excusa de ir al aseo, me levanté y pasé despacio frente a ellos, lanzando una mirada furtiva hacia a la mujer.

Cuando volví a sentarme ya conocía perfectamente el porqué de las atenciones de aquel hombre, que en ese mismo momento le estaba diciendo a su mujer:

“Es verdad que en todos estos años no te he sido fiel. He andado con muchas, he sido muy mujeriego y siempre te lo he ocultado. Pero ahora estoy aquí contigo, cuidándote, porque te quiero”.

La mujer no respondió porque las palabras de aquel hombre ya no eran capaces de llegar a su mente, ausente.


NOTA: Comentaba en una entrada anterior titulada CABALGAR EN SOLITARIO: “…tú mismo estás mucho más receptivo hacia el entorno que te rodea al no haber nadie que te distraiga, tus antenas captan hasta el más mínimo detalle y eres testigo de momentos que de otro modo te habrían pasado desapercibidos. Sí, te conviertes de alguna manera en “voyeur”.
Y de estas cabalgadas en solitario han ido surgiendo algunas historias y anécdotas que en forma de relato ya han aparecido en este blog y seguirán apareciendo.”


Y ésta es una de ellas.

martes, 1 de octubre de 2013

DIEZ AÑOS SIN “EL HOMBRE DE NEGRO”

Diez años sin el hombre de negro. Y no me estoy refiriendo a un jugador de baloncesto ni a un personaje de película de acción.

Tuvo nuestro hombre de negro, nacido en 1932, una vida azarosa, con una prolongada adicción a las drogas y algún que otro encontronazo con la justicia. Quizás de ahí surgiera su predilección por ofrecer su música en distintas cárceles de Estados Unidos, en las que grabó algunos de sus mejores discos. “Hello, I’m Johnny Cash”, así se presentaba en sus conciertos, guitarra en mano y con su característica voz profunda.

Un par de detalles nos dan alguna pista sobre su carácter. Cuando su hija le pidió acompañarle vocalmente en una de sus giras, su reacción fue ordenarle que aprendiera unas cuantas canciones country americanas, en concreto… cien canciones. Y después ya hablarían. Por otro lado, en un momento en el que la sociedad estadounidense se planteaba cambios sociales profundos y se desangraba por las consecuencias de su presencia en la guerra de Vietnam, Johnny Cash decidió empezar a vestir de negro, como explica en esta canción.


 Aparte de sus composiciones, que lo convirtieron en uno de los grandes y más influyentes personajes de la música popular del siglo XX, fue muy destacable su programa televisivo en el que presentó a algunos jóvenes que se convirtieron con el tiempo en grandes músicos e intérpretes: Neil Young, Ray Charles, James Taylor, Bob Dylan… No tenía mal olfato. Y grabó a dúo con Bob Dylan una composición de este último, en la que realiza una impresionante entrada llena de intensidad y poderío. ¡Quién pudiera cantar así! “Hello Johnny Cash”.   


viernes, 20 de septiembre de 2013

LAS PATATAS FRITAS PERFECTAS


¿Quién no ha comido patatas fritas? Como guarnición, como acompañamiento de huevos, carnes y pescados, con salsas y aderezos o solas. Un producto tan común y tan sencillo y uno de los alimentos más consumidos en el mundo parece que no debería tener secretos… pero alguno hay.

Haciendo un poco de historia, la patata es originaria de Perú, donde llegaron a existir más de 4.000 variedades y donde, curiosamente hoy en día, se ven obligados a importar este producto. Desde Perú, y pasando por Chile, la patata viajó por el Atlántico y desembarcó en Europa a través de las Islas Canarias, la Península Ibérica y, desde aquí, al resto de Europa. Inicialmente se consumía cocida, así que ¿cuándo apareció por primera vez la patata frita? El “invento” se lo vienen disputando franceses y belgas, pero últimamente se decanta del lado de estos últimos. Algunos documentos aparecidos recientemente sitúan la primera freiduría de patatas en Bélgica, a mediados del siglo XIX. Un plato o aperitivo típico desde entonces en Bélgica y en el norte de Francia son las patatas fritas con mejillones, patatas que tradicionalmente (y aún hoy en ciertas zonas) se freían en grasa o manteca de vaca (blanc de boeuf).

Tal es el fervor que existe en Bélgica por las patatas fritas (junto al chocolate) que existen asociaciones que propugnan la inclusión de este humilde tubérculo en la bandera nacional. Y aún hay más. Se ha abierto recientemente en Brujas, ocupando un precioso edificio del siglo XIV, el único museo dedicado única y exclusivamente a las patatas fritas, el Frietmuseum. www.frietmuseum.be


Toda esta culturilla general está muy bien pero ¿cuál es el secreto para hacer unas buenas patatas fritas, si es que lo hay? Ahora que está tan extendido el concepto de “la búsqueda de la excelencia”, ¿por qué no buscarla también en la patata frita? Investigando un poco por aquí y por allá hay que decir que hasta algunos de los chefs más prestigiosos de la alta cocina han andado dándole vueltas y haciendo probaturas al respecto. Heston Bluementhal las “acondiciona” con glucosa, bicarbonato de sodio, salmueras… Cosa sencilla, vamos. Y para andar por casa, ¿hay alguna fórmula que nos proporcione esa patata que todos deseamos, crujiente pero esponjosa, blanda pero firme? He encontrado varias, pero creo que ésta es la más sencilla y la que a mí me funciona. Ahí va.

Receta de patatas fritas

Pelar y cortar las patatas en bastones. Lavar en agua (para quitar parte del almidón), escurrir y secar bien. Freír durante 6 minutos, sin amontonar, en aceite de oliva a temperatura media (130º-140º). Sacar las patatas y dejarlas enfriar unos diez minutos. Volver a freír durante 3 minutos a temperatura alta (165º-175º), hasta que estén doradas. Escurrirlas y añadir sal. Y listas para comer. En resumen, el truco básicamente consiste en freírlas dos veces, así de fácil.


¡Bon appétit!



sábado, 7 de septiembre de 2013

NO LUGARES: AEROPUERTOS


Marc Augé, antropólogo y etnólogo francés, establece la identidad de un individuo a partir de su relación con los lugares y espacios cotidianos. Así, y por contraposición, los “no-lugares” serían “los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como lugares”. Ejemplos de un no-lugar  serían una autopista, una habitación de hotel, un supermercado o un aeropuerto.

Casi nunca me he sentido cómodo en un aeropuerto. Y no por el miedo a volar. Al contrario, cuando el avión despega siento una cierta liberación, es como dejar atrás un territorio hostil, un entorno antipático. He intentado descubrir qué es lo que provoca esa incomodidad. Parece evidente que el tiempo que pasamos en un aeropuerto discurre entre la tensión por encontrar el mostrador de facturación o la puerta de embarque, la incertidumbre de si nos pitará el arco de seguridad al atravesarlo o si nos mandarán abrir la maleta, la zozobra de que nuestro equipaje aparezca sobre la cinta transportadora… A eso hay que sumar los tiempos muertos de espera.

Pero creo que el aspecto arquitectónico de los aeropuertos, el entorno espacial que nos rodea también influye decisivamente. En la mayoría de los casos los espacios son claustrofóbicos y laberínticos. Y es precisamente esa falta de orientación espacial, de ubicación, la que nos provoca ese desasosiego, esa incomodidad. Ahora bien, esa percepción, o parte de ella al menos, desaparece cuando el diseñador del recinto plantea una opción tan sencilla como “abrir” el espacio interior hacia el exterior. En el momento en que, a través de una cristalera, podemos divisar el perfil lejano de la ciudad o de la montaña, los aviones que aterrizan o despegan, toda esa zozobra desaparece y la estancia se vuelve mucho más confortable. Un ejemplo claro lo tenemos en la terminal T4 del aeropuerto de Madrid, que a pesar de su gran tamaño consigue, gracias a su apertura hacia el exterior y un uso “orientativo” del color, eliminar esa sensación negativa.

Esa es, por tanto, una de las responsabilidades de los arquitectos cuando acometemos un proyecto de estas características, aeropuerto, estación, etc. (el que tenga la fortuna de acometerlo): conseguir la confortabilidad del usuario, que desde su entrada hasta su salida se sienta en un entorno amable y que la funcionalidad presida las líneas básicas de su diseño, más allá de otras consideraciones estéticas que deberían estar subordinadas a ella. Tenemos herramientas suficientes para hacerlo, después cada uno que aporte sus capacidades.

Buen viaje.

martes, 27 de agosto de 2013

CELEBRACIONES

Cuando hace casi un par de años fui objeto (que no víctima, ya que fue muy especial por venir de quien venía) de una fiesta sorpresa con motivo de mi cincuenta cumpleaños (¡vaya!, acabo de descubrir mi edad) pensé que el ciclo vital de las grandes celebraciones se había cerrado por un tiempo. Bautizos, primeras comuniones, bodas, nacimientos, alguna fiesta sorpresa, cincuenta cumpleaños. Me había librado por pelos de las bodas de plata, no tenía a nadie de mi entorno en edades casaderas y por tanto el panorama se presentaba ya despejado. Craso error.

Porque resulta que hay algún que otro chalado por ahí que decide volver a casarse. Con un par. Y otros que celebran con alborozo la llegada de un nuevo retoño del que podrían ser sus abuelos. La vida continúa y los saraos, ¿por qué no?, también. Podríamos pensar que en algún caso es un tema cultural que nos resulta ajeno, como la celebración de la muerte en países como México. Pero también es cuestión de imaginación, de ganas de poner una sonrisa más en nuestro rostro. O de negocio.

Si hasta ahora la ruptura matrimonial o el divorcio eran una desgracia ya podemos encontrar en la Wikipedia un término que revierte esta situación, “divorce parties”, que se define como “la ceremonia que celebra el final de un matrimonio o unión civil. Puede involucrar a un miembro de la pareja o a ambos”. Importante este último apunte, pero claramente tiene mucho más interés la celebración “sin”, en la que puedes incluir la tarta de parejas rota por la mitad, novios que explotan y saltan por los aires convertidos en confeti, pasteles con inscripciones de merengue con la palabra “libertad”… ¡Qué desparrame! No me estoy inventando nada. Ya hay empresas organizadoras de eventos que trabajan este campo y parece que esta industria va viento en popa, habiendo crecido un 30% en los últimos tres años.

Y las mujeres tienen un motivo más de celebración. Aquella en la que la contraseña para entrar es: “¿Hace calor aquí o estoy menopáusica?” Según el protocolo oficial la homenajeada debe vestir de rojo (ya decía yo en una entrada anterior de este blog que cuando una mujer se pone un vestido rojo pasan cosas…) y debe sonar la música de Red Hot Chili Peppers. A partir de ahí lo que a cada una se le ocurra, incluido el lanzamiento o la quema de tampones, dejando oficialmente atrás la edad fértil.

En definitiva, unas fiestas con las que, aparte de divertirse, uno trata de pasar página a una etapa de su vida y dar la bienvenida a otra que puede ser tan gratificante e intensa, o incluso más, que la anterior. Así que no lo dudéis, poner una celebración en vuestras vidas, seguro que encontráis un motivo por absurdo que os parezca. Lo importante es pasarlo bien e ir renovando nuestro entusiasmo y nuestra alegría. Si no, ¿para qué estamos en esta jodida vida?


Yo ya estoy barruntando mi próxima celebración, no quiero perder el tren. Tendréis noticias.

martes, 13 de agosto de 2013

GUERRAS Y EXOESQUELETOS


Leo una noticia titulada “El soldado perfecto”. Comienza dando detalles sobre un mecanismo, artilugio o similar que aumenta de forma considerable las capacidades físicas de los soldados estadounidenses, el exoesqueleto. Un esqueleto exterior acoplado al cuerpo que dota de una mayor fuerza y resistencia a los ¿afortunados? que lo portan.
Asimismo, y a través de un acuerdo entre una prestigiosa universidad y el gobierno estadounidense, este último aporta una importante cantidad de dólares para que los científicos de dicho centro investiguen y desarrollen fórmulas y productos que complementen las capacidades de dichos soldados perfectos: aguantar muchas más horas sin dormir, sin comer, sin tener relaciones sexuales… Un chollo, vamos.

Nada más leer la noticia me vienen a la cabeza imágenes de una de las películas que mejor ha recogido la locura de la guerra, Apocalypse Now, de la que ya he hablado en este blog, en una entrada titulada “Películas ¿de guerra?”. Aquella absurda guerra de Vietnam en la que se sumergieron los estadounidenses, tecnología armamentística frente a naturaleza hostil, aviones supersónicos echando napalm frente a lanzas y machetes, de la que, sin embargo, salieron derrotados y con graves secuelas sicológicas en un gran número de combatientes. Precisamente porque, como expresa uno de los protagonistas de Platoon (otra interesante película basada en estos acontecimientos) empezaron a surgir en los soldados las dudas, el porqué de aquella guerra, de aquel enemigo invisible, qué estaban haciendo realmente allí. Y cuando un soldado se cuestiona su misión, de una forma o de otra puede darse por muerto.

Cuesta creer que las cifras de bajas fueran de 58.000 estadounidenses frente a 3.500.000 vietnamitas y que, aun así, éstos ganaran la guerra. Cuando hablamos de estas cifras perdemos la dimensión del drama que estas pérdidas suponen. Nos afecta más una muerte con nombres y apellidos, con fotografía y con una historia conocida que 3.500.000 muertos en una guerra. Para estos casos he desarrollado un mecanismo nada original: empiezo a contar 1, 2, 3, 4, 5… Cuando voy por el 50 me doy cuenta de lo que queda para llegar a la cifra total y empiezo a tomar conciencia de la magnitud del drama. Y cada muerto tiene su nombre y apellidos, su foto, su familia, su historia.

Dicho esto me sorprende, o quizás debería decir me indigna, que la guerra siga marcando la agenda investigadora de científicos y universidades. En alguna ocasión he escuchado que la locura de la guerra no es un episodio aislado al que ciertos hombres se ven arrastrados sino que la pulsión de matar es algo inherente a la condición humana. Me cuesta creerlo. Pero es lo que hay. El corazón de las tinieblas, la barbarie de la guerra, sigue aquí.

domingo, 21 de julio de 2013

CINE Y ARQUITECTURA (3): CIUDADES. LISBOA.

En las apasionantes relaciones entre el cine y la arquitectura el papel de las ciudades da para un amplio, amplísimo análisis desde múltiples puntos de vista que no pretendo acometer aquí. Pero hay algo cierto y es el hecho de que, en ocasiones, la imagen o la percepción que tenemos de una ciudad concreta proviene precisamente del tratamiento que haya tenido en una determinada película, sobre todo si aún no la hemos visitado.

En la mente de cualquiera están ciudades definitivamente cinematográficas: Nueva York, Roma, París, Viena… que han sido recogidas en el cine desde su vertiente más realista hasta visiones más tópicas o de tarjeta postal. Pero me interesa repasar ahora una ciudad a la que se ha prestado una menor atención (cinematográficamente hablando) y que sin embargo ha sido testigo de algunas de las mejores películas europeas de los últimos años. Hablo de Lisboa, la ciudad de la luz. Y en la docena de películas revisadas, realizadas desde 1980 hasta nuestros días, he encontrado unos rasgos identificativos o, lo que llamábamos antes, unos denominadores comunes: el intento de no mostrar la ciudad turística y la presencia del agua (el río, el puerto) como motor simbólico de la narración. En alguna ocasión he hablado de esa percepción diferente de las ciudades en general y de Lisboa en particular cuando te aproximas a ellas desde el mar y descubres de un golpe de vista su topografía, casi su historia, desde el puerto hasta las colinas.

Parece como si el estuario, ese lugar geográfico donde se encuentran en este caso el río Tajo y el océano Atlántico, produjera un simbólico efecto de remolino sobre los personajes que la visitan y que deambulan por sus películas. Y para ilustrar este pequeño aperitivo sobre Lisboa en el cine propongo tres títulos indispensables.

 “En la ciudad blanca” (Alain Tanner, 1983). A través de la pequeña cámara del marinero suizo que acaba de llegar a la ciudad escapando de su propia vida, en sus deambulaciones por calles y plazas, percibimos una particular reflexión sobre la soledad y la crisis de la madurez. Años más tarde Tanner realizó una especie de segunda parte, también ambientada en Lisboa y titulada “Réquiem” (1998).


“Sostiene Pereira” (Roberto Faenza, 1996). Hay muchas formas de plantear la respuesta al fascismo. El escritor Antonio Tabucchi lo hace con gran maestría narrativa a través del personaje de Pereira, un viejo periodista en la Lisboa de la dictadura de Salazar. En esta adaptación cinematográfica la paulatina toma de conciencia del personaje quedó extraordinariamente plasmada con la magnífica interpretación de Marcello Mastroianni.


“Recuerdos de la casa amarilla” (Joao César Monteiro. 1989). Este director portugués ha sido denominado como el Woody Allen europeo, por sus particulares obsesiones vitales. En este caso nos ofrece una comedia negra, negrísima diría yo, sobre la fragilidad de la condición humana, ambientada en un espacio urbano periférico de Lisboa donde la miseria parece ocupar todo.


En definitiva, y como adelantaba en las primeras líneas, poca complacencia en mostrar la Lisboa bonita y un mayor interés en una visión más costumbrista y descarnada, en contraposición con visiones más hollywoodienses de otras ciudades europeas.

No me importaría volver a Lisboa. Vuelvo a Lisboa.

miércoles, 10 de julio de 2013

BERNARD MOITESSIER

A bordo del “Joshua”

He ido desgranando en este blog algunas de las historias y algunos de los personajes que formaron parte de aquella “regata de locos” de finales de los años sesenta, la primera vuelta al mundo para navegantes solitarios, una travesía apasionante y dramática que sentó las bases de posteriores competiciones como la exigente Vendée Globe.

En aquella regata de 1968 participó Bernard Moitessier, un francés de 45 años, escritor y dibujante además de navegante, y que, a la postre, sería el ganador “moral” (que no “oficial”). Moitessier nació en Indochina y se inició en la navegación en su juventud, con los pescadores del golfo de Siam, surcando como patrón los legendarios mares de Sur. Aprendió a navegar, por tanto, con los métodos más primitivos, y fue naciendo en él ese amor por la mar que había de marcar toda su vida. Tras algunas duras experiencias en travesías junto a su esposa y en solitario, se fue forjando en su interior el proyecto de dar una vuelta al mundo en solitario y sin escalas, con el barco que él mismo había construido, el Joshua, un rudimentario y robusto velero de 39 pies de eslora.

En la convocatoria de la regata organizada por el Sunday Times vio la gran oportunidad de poder cumplir su sueño. Y fue uno de los nueve navegantes que tomaron la salida. Tras cubrir dos tercios del recorrido y cruzar el temible Cabo de Hornos, el último gran obstáculo del viaje, se disponía a volver a casa, muy por delante del resto de participantes que aún se mantenían en competición. Todo indicaba que llegaría a Inglaterra (punto de salida y de llegada) el primero, convirtiéndose además en el primer navegante que daba la vuelta al mundo sin escalas. Y Francia también se preparaba para dar la bienvenida a un héroe nacional.

Pero en su interior empezó a surgir un enfrentamiento entre su misticismo asiático y su ego mundano y occidental. Después de siete meses en el mar consigo mismo, su viaje la había ayudado a despojarse de todo lo innecesario. Al pasar cerca de un buque petrolero inglés le lanzó a cubierta una pequeña lata en la que había un mensaje para el Sunday Times:
“Mi intención es seguir el viaje, sin parar, hacia las islas del Pacífico, donde el sol luce radiante y hay más paz que en Europa. Por favor, no piensen que estoy intentando establecer un récord. Récord es una palabra muy estúpida en el mar. Continúo sin parar porque me siento feliz en el mar, y quizá porque quiero salvar mi alma”.

Moitessier no estaba regresando a Inglaterra. Estaba abandonando la regata, y la casi absoluta certeza de convertirse en su vencedor. Estaba navegando por segunda vez por el extremo sur de África para continuar alrededor del mundo. ¿Se había vuelto loco? Los periódicos, los navegantes y todos los que habían ido siguiendo la regata se quedaron atónitos.

No, no estaba loco, al menos según sus valores. Había mirado en su interior y había visto el poder corrosivo de las ambiciones. Y volver a Inglaterra como vencedor de la regata no significaba nada para él en ese momento. Y pensó que sería mejor recorrer 10.000 millas más y prolongar su viaje. Se encontraba feliz y quería seguir estándolo. Y navegó de nuevo hacia el océano Índico, y más allá.

En su extraordinario libro “El largo viaje. Diez meses navegando solo, entre cielos y mares” Moitessier relata el periplo que significó su vuelta y media al mundo (37.455 millas sin tocar tierra) a través del mar que, “según el viento, según el cielo, según que el ocaso fuera rojo o gris, ruge, murmura o gime bajo el casco”.

Dibujo de B. Moitessier

domingo, 30 de junio de 2013

EL PANTEÓN DE ROMA

Interior

Cuando me preguntan cuál es mi película favorita mi respuesta es del tipo: “hay un puñado de ellas”; “depende de la época y del momento”; “hay unas que envejecen bien y otras no tanto”… Vamos, que no consigo mojarme. Algo parecido puede ocurrir con mi canción o mi libro favorito. Sin embargo, a la pregunta de cuál es mi edificio preferido respondo sin pestañear: “El Panteón de Roma”. Y he dado la misma respuesta, también sin pestañear, desde hace tres décadas.

Planta

Mi idilio con el Panteón de Roma (o Panteón de Agripa) se inició en la escuela de arquitectura a través de una asignatura de primer o segundo curso que, si no recuerdo mal, se denominaba Análisis de Formas Arquitectónicas. Y en ella me tocó destripar (medir, dibujar, despiezar, analizar…) este edificio. Y de ese trabajo surgió un amor platónico al ir descubriendo su geometría perfecta, su lucidez y sus ocultos alardes constructivos, su equilibrio entre la solidez estructural y la ligereza del espacio interior, casi etéreo…

Alzado / Sección

En mi primera visita a Roma, cómo no, lo visité. Y ese amor platónico se transformó en amor carnal al poder tocar sus paredes, pisar su suelo, quedar embriagado por su atmósfera interior. Acabé de comprender aún mejor algunas de sus claves constructivas y quedé absorto al pensar que este edificio había sido construido ¡diecinueve siglos atrás! En una entrada anterior de este blog he hablado sobre “la insoportable levedad de la arquitectura actual”, y sobre el valor que le asigno a la buena construcción, a la durabilidad y la solidez de las edificaciones. Y ahí seguía el Panteón, intacto.

Cada vez que he vuelto a Roma ha sido una visita obligada. Y lo seguirá siendo. En la última, el globo que tenía un niño entre sus manos decidió escapar y ascendió lentamente hasta atravesar el óculo superior de la cúpula y fundirse con el cielo azul romano. Una preciosa metáfora de la fusión entre el hombre, la arquitectura y la naturaleza que quedó grabada en mi retina. No es el más grande, ni el más espectacular, ni el más lujoso. Pero es, para mí, el mejor. Y gracias a él sigo pensando que, de mayor, quiero ser arquitecto.